Hip-Hop: una cultura repleta de antifranquismo

Hip-Hop: una cultura repleta de antifranquismo

El Hip-Hop llegó al Estado español en los años 80, una etapa en la que el país aún estaba digiriendo la dictadura franquista. El poder judicial y los cuerpos de seguridad seguían formados por personal del régimen, había militares franquistas activos, una iglesia excesivamente poderosa y partidos políticos de raíces tradicionalistas que marcaron la época. Desde las élites se vendía la idea de “un país nuevo”, pero aquello no fue más que un lavado de cara: nunca hubo una ruptura real con el régimen. Las formas de control social, la represión policial y la mentalidad autoritaria forjaron a una generación que quería romper con lo establecido.

Los barrios obreros continuaron organizándose. Los movimientos artísticos surgidos de la clase trabajadora eran criminalizados. Tanto el punk como el graffiti eran perseguidos por las fuerzas de seguridad, sometidos a redadas y a una vigilancia excesiva. En ese contexto, el Hip-Hop se fortaleció: organización y resistencia frente al poder establecido. La juventud vivía entre dos estímulos opuestos: una libertad recién conquistada y un autoritarismo que nunca terminaba de marcharse. Esta dualidad alimentó la necesidad de protesta, de expresión y de crear nuevas culturas. La ruptura total marcaba el camino de la juventud antifascista.

El rap aterrizó en nuestro país procedente de EEUU, cargado de una inmensa crítica sistémica. El racismo y el fascismo seguían presentes en gran parte del planeta a finales del siglo pasado, y el Hip-Hop se enfrentaba a ello de forma directa. En el Estado español estos mensajes también brotaron. El antirracismo y el antifranquismo se convirtieron en pilares del género. No solo se importó el estilo estadounidense: se moldeó para responder a las problemáticas nacionales. Adoptó un carácter revolucionario propio.

En 1994, CPV ya hablaba de vigilancia policial, barrios marginalizados y hostilidad en Madrid Zona Bruta. Durante años observaron que la represión no había desaparecido en Ascao, el barrio que frecuentaban. Por ello, en 1997 publicaron De Cacería, un tema donde relatan abusos por parte de las fuerzas de seguridad del Estado: una prolongación directa de los años de represión de la dictadura.

7 Notas 7 Colores también narraba la represión en los barrios obreros. Pobreza y abandono social formaban parte del día a día de una población engañada. Les vendieron un país renovado cuando los destellos del autoritarismo seguían intactos. La Medicina o Buah! son dos ejemplos claros de esto. Con un tono callejero y una profunda desconfianza hacia una autoridad forjada en la dictadura, el grupo marcó un antes y un después en la historia del rap estatal. Relatos de una vida en el barrio que apenas se diferenciaba de las historias de unos años atrás.

Esta sensación de abuso y de anclaje al pasado se vivía en todo el país, pero en Andalucía se intensificaba. El sur, históricamente precarizado, arrastraba una desigualdad estructural enorme que la dictadura agudizó. Miles de andaluces tuvieron que abandonar su tierra en busca de un futuro digno. Además, se formaron barrios obreros en los extrarradios de las ciudades, espacios donde crecieron figuras como Zatu. SFDK siempre han relatado esas desigualdades vividas en su barrio. Esto va en Serio o Una de Piratas reflejan el hartazgo ante una violencia institucional dirigida hacia los más indefensos.

Muchos otros colectivos como Violadores del Verso, La Alta Escuela o Solo Los Solo narraban lo mismo: la frustración ante un sistema que apenas había cambiado. Una monarquía y una democracia diseñadas por el dictador, aceptadas únicamente por las élites. Libertades colectivas e individuales que avanzaban demasiado lento. Querían libertad, sí, pero la real: la que sus familiares habían buscado durante 36 años; la que no tuvieron quienes tuvieron que emigrar; la que aún se niega a quienes permanecen en fosas y cunetas. Querían despedir por completo una época de atrocidades y privilegios para unos pocos.

Hoy en día, artistas como Hoke o Ill Pekeño también hacen referencias a esa etapa oscura. Y es que gran parte de la sociedad sigue percibiendo destellos de un sistema heredado del franquismo. Se han conquistado libertades, sí, pero la sensación de un monstruo que nunca desapareció sigue presente. Medios de comunicación que amplifican discursos de odio, partidos y asociaciones abiertamente fascistas, o manifestaciones racistas ocupan una parte preocupante del relato actual.

Foto del Festival GRMY X PALESTINA

Ante esto, se necesitan artistas comprometidos. Y existen: Ergo Pro, Santa Salut o Frank T continúan enviando un mensaje contundente. Antifascismo y libertad en todas las facetas de la sociedad. Nunca debemos olvidar los orígenes: aquellos estadounidenses que combatieron el racismo institucional, y aquellos raperos españoles que cantaron contra un sistema que reprimió a sus familiares y que seguía golpeando sus barrios.

Raúl Fernández

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